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Emen. Cada uno de nosotros está dando la batalla personal para no dejarse vencer. La madurez es, entre otras cosas, el reconocimiento de que el mundo tiene sus propias reglas, a veces demasiado injustas y otras tantas, simples resultados del uso del poder. Las relaciones de poder se imponen en tramas asimétricas que no siempre convienen ni avisan. La primera lección de la vida es asumirla con realismo. Para eso deberíamos estar mejor preparados, ligeros de equipaje, conociendo perfectamente qué es lo esencial y qué otras cosas son accesorias, el único conocimiento que nos hace capaces de ser resistentes y enfrentar las calamidades propias de una época turbulenta. Es esencial que nuestra disposición anímica sea la de necesitar pocas alforjas, y el mantener una fe inquebrantable. Job, el personaje bíblico que sufre un sinnúmero de calamidades, todas a la vez, nunca perdió la cordura y siempre esperó que al final, en algún momento, su Redentor se levantaría del polvo y lo reivindicaría. Así ocurrió.

Stefan Zweig, judío austríaco vivió la euforia de un mundo demasiado feliz que de un momento a otro cayó en las garras de una guerra tras otra. Sobrevivió a la primera guerra mundial solamente para tener que sufrir la persecución del nazismo. Según su propio relato, “las cadenas se volvieron a forjar, mucho más fuertes y pesadas que nunca”. El mal se solaza en la violencia, ya lo sabemos, y Zweig tuvo que huir, dejando todo atrás. Terminó en Brasil, en un exilio que no le cayó demasiado bien. “Se sentía tan indefenso como una mosca, tan desamparado como un caracol”. Pero, a pesar de haberlo perdido todo, no perdió su capacidad para pensar y crear literatura. Mantuvo la cordura dedicándose al trabajo, escribiendo ensayos, novelas y cuentos cortos, o sea, haciendo lo mejor que sabía hacer, aun cuando debía intentarlo sin respaldo alguno, perdida su biblioteca, lejano de cualquier referencia vital. En aquella época, indudablemente difícil, reflexionó sobre su propia existencia: “Solo aquel que tiene que vivir en su alma estremecida una época que, con la guerra, la violencia y las ideologías tiránicas, amenaza la vida del individuo y, en esta vida, su más preciosa esencia, la libertad individual, sabe cuánto coraje, cuánta honradez y decisión se requieren para permanecer fiel a su yo más intimo en estos tiempos de locura gregaria”.

Por más difícil que sea la situación, nuestra obligación con nosotros mismos impone el evitar sentirnos desbordados por el contexto, intentando imaginar nuestro mundo desde ángulos distintos o con diferentes escalas de significados. Por muy mal que vayan las cosas, la mayor parte de la vida sigue adelante sin problemas. Al final la normalidad acaba por volver y las perspectivas cambian otra vez. La obligación moral de cada uno de nosotros es comprender que los malos momentos son solamente eso, episodios que impactan pero que son efímeros. Lo esencial no es el mal rato, la mala época, los episodios de sufrimiento, sino todo aquello que también está allí para darnos aliento y obligarnos a salir adelante. Ayn Rand, otra sobreviviente del totalitarismo soviético, por las mismas razones fundaba su ética objetivista en el imperativo de la vida como fin último del hombre. Sobrevivir, soar y luchar, pero con los pies sobre la tierra.

Gisela Kosak, en una entrevista que acaba de concedernos para nuestro programa radial advertía que estos tiempos tan rudos a veces nos obligaban a reducir nuestra libertad a la esencia más recóndita posible, la que se refiere a pensar con libertad, habiendo perdido todas las demás. Sealaba que no podíamos resignarnos al “buenismo” que nos esquinaba contra la pared de la corrección política inútil de desgastante, porque hay momentos en los que enfrentar al mal supone hacerlo con todas las fuerzas. Ni “buenismo”, ni la resignación cristiana que pide ofrecer la otra mejilla. La libertad plena hay que sudarla, exigirla y asumirla como esencial a nuestra vida. Pero

Podemos seguir siendo libres? Es una interrogante que condensa otras igualmente valiosas. Cómo seguir siendo plenamente humano? Cómo puedo preservar mi auténtico yo? Juan Pablo II tenía como norma de vida el no tener miedo. Con esa exhortación comenzó su pontificado el 22 de octubre de 1978: “No tengáis miedo de vosotros mismos. No tengáis miedo a la verdad”. No se puede tener miedo a la verdad, ni se debe tener miedo al cambio. Los tiempos que vivimos, variables, ambiguos, complejos y turbulentos se nos ofrecen como enloquecidas montaas rusas que nos llevan al extremo emocional. Aun en esos momentos, hay que mantener la cordura. Cualquier circunstancia, por dura que pueda sentirse, debería de pasar por el cedazo del buen discernimiento. Alrededor de la vida debemos plantearnos una moral de interrogaciones. Con cada una de las experiencias qué ganamos y qué perdemos? Qué lecciones podemos aprender? Cómo podemos asumirlas e integrarlas a nuestra creciente fortaleza? La esencia de la libertad es seguir viviendo sin perder la dignidad, con la seguridad de saber lo que verdaderamente somos. Y pensando que “lo que no mata, engorda”.

Seguir siendo libres es el desafío en tiempos desconcertantes. Apreciar lo esencial de nuestra vida exige que nosotros aprendamos a despojarnos de la vanidad y el orgullo. Hay que tener plena conciencia de lo que somos, asumiendo nuestras imperfecciones, nuestros temores, pero también nuestras virtudes, que son muchas. En segundo lugar, hay que liberarse del miedo y de las vanas esperanzas. Recordemos siempre que la esperanza no es una ilusión sino la virtud que nos permite mantener el propósito y tener la convicción de que se puede lograr. No es pasividad sino capacidad de involucramiento y visualización de un futuro que está bajo el arbitrio de nuestras propias circunstancias. En tercer lugar, liberarnos de las ambiciones desmedidas y de toda forma de codicia, asumiendo la frugalidad y el disfrute de las pequeas satisfacciones. Libres de los excesos, concentrados en lo verdaderamente inspirador, asumiendo que “donde está tu corazón, allí está tu tesoro”. Al final, lo realmente importante es que nos sea concedida la gracia de ver el amanecer después de la larga noche. Ese fue el mensaje final de Zweig a sus amigos. l, demasiado impaciente, quiso irse antes. Una lástima, porque el amanecer, querámoslo o no, siempre llega.
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