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Por Jesús Castro Fotografía Gerardo vila Saltillo, Coah. Un estruendo. Intenso zumbido. Relámpagos. Eduardo Morales despertó con la explosión de dos transformadores a unas cuadras de su casa. Se asomó por la venta y lo vio. Lo describe como una pared blanca que rugía y envolvía todo. Corrió, cargó a sus dos hijos mientras ventanas y puertas explotaban a su paso. Empujó a su esposa bajo la cama, los cubrió con su cuerpo y se dispuso a morir.

Seis segundos le tomó a Eduardo atravesar los 12 metros que hay entre la sala y el cuarto de los nios. El mismo tiempo en el que, dicen las autoridades, un tornado de escala F3 destrozó 750 casas, elevó camiones de pasajeros, arrebató de su madre a un bebé de 11 meses, mató a 14 personas y sumió en el pánico a miles de ciudadanos de la periferia de Ciudad Acua, en la frontera de Coahuila.

Cuando el aire dejó de bufar, el arco de la entrada a la colonia ya no estaba, tampoco el kiosco de la placita, ni las paredes de la cancha de futbol rápido que la constructora les mandó hacer. Ahí, entre pedazos de bardas hechas trizas todavía se podía leer el eslogan en color verde que la inmobiliaria mandó pintar, decía: “Casas para toda la vida”.

Era lunes. 25 de mayo. Padres y madres de familia pasaron una noche de granizo, viento y lluvia. Antes de las seis de la maana los habitantes del municipio estaban despiertos. Algunos preparaban café. Otros ya habían salido de sus casas rumbo a las maquiladoras, donde ganan en promedio unos 900 pesos a la semana. La mayoría se alistaba para despertar a los nios que irían a la escuela y luego encaminarse al trabajo.

Eduardo fue uno de ellos. Todos los días salía de casa en una camioneta Chevy Pick Up azul, rumbo a una bodega ubicada del otro lado del Río Bravo. Ese día no llegó a checar su tarjeta a las ocho de la maana para iniciar el primer turno.

l es ciudadano estadounidense, nació en Del Río, Texas, donde conoció a su esposa Leticia, una chica que cruzó como indocumentada y con la que se casó en el Puente Internacional. Un día llegó a su casa y se enteró que la habían deportado. Se regresó con ella. Pero siguió conservando su empleo en el país vecino. Era comienzos del 2013.

En Acua compraron casa. Las más baratas estaban en Los Altos de Santa Teresa, una colonia a la que todos los días llega luego de atravesar el centro de la ciudad que curiosamente está en una orilla, junto a la línea fronteriza seguir por el bulevar Vicente Guerrero, salir de la zona urbana y tomar el Libramiento Sur Poniente.

Ya en esta avenida hay que seguir por despoblado durante ocho o 10 minutos, atravesar una curva con cruces a sus lados, enfilarse hacia una elevación, pasarla, y entonces ver la entrada del “fraccionamiento”, como lo llamó la constructora. Allí, junto a las otras tres colonias que fueron afectadas, la Santa Teresa, Santa Rosa y Las Aves, de las que la separa un arroyo, el largo terreno baldío junto a un cerrito y el Libramiento.

Era fácil distinguir la entrada, porque estaba flanqueada por un arco rojo, soportado por dos columnas cuadradas con tejas en las inmediaciones. Fue ahí, junto a ese arco, donde se originó el tornado. Eduardo vive a dos cuadras de la entrada. Por eso lo encontró de frente. Y sobrevivió para describirlo.

“Me levanté porque se oyeron unas explosiones, como de transformador, yo me asomé a la ventana, dije, qué será? Cuando vi, ya lo tenía ahí enfrente, era una nube blanca que rugía, nomás se miraba como una pared blanca que caminaba y revolvía todo, dije, esto no es cualquier cosa, esto es un tornado”.

Los siguientes segundos los corrió sintiendo cómo objetos golpeaban su cuerpo, mientras intentaba salvar a su familia metiéndolos bajo la litera del cuarto de sus hijos, Jacob de 4 y Jonatan de 6 aos.

Los pequeos lloraban. Leticia también. Eduardo cerró los ojos. Los besó. Sintió el crujir de paredes, el agrietarse de techos, y esperó a que cayeran sobre ellos. Pero eso no sucedió. El tornado se disipó en unos segundos. Ellos se salvaron.

Cuando salieron, la Pick Up había volado al otro lado del arroyo. Una parte del arco rojo cayó frente a su casa. Todavía llovía. La gente corría de un lado a otro llorando, gritando, pidiendo ayuda. Las casas del otro lado de la calle no habían tenido la misma suerte que la suya. Se habían caído. Algunas aplastando hombres, mujeres, nios.

A su paso vio autos retorcidos encima de las casas, cuerpos tirados, pedazos de gente. Un autobús amarillo, de esos de trasporte de personal, con el chofer todavía dentro, agonizando, y tres mujeres entre los asientos. Sangre. Caos. Miedo, mucho miedo. Decidió regresar a su casa. Y lloró.

Una hora después, todas las autoridades estaban en la zona de desastre. Ambulancias, patrullas, bomberos,
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soldados, voluntarios. Sacando los primeros 13 cuerpos. Auxiliando gente. Llevando a atender a los 200 lesionados. Bajando carros de azoteas. Retirando escombro. Y cuidando predios a merced de la rapia, sobre todo de noche, porque la electricidad volvió hasta el siguiente día.

El culpable fue un asesino que viajaba a poco más de 260 kilómetros por hora, y que al principio las autoridades pensaban era categoría F4, aunque más tarde la Comisión Nacional del Agua y Protección Civil Nacional lo ubicaron en el nivel F3 de la llamada escala de Fujita, es decir, de consecuencias graves.

No hay registro en la historia moderna de México de otro tornado con esa categoría, o que haya causado tanto desastre. El otro sucedió también en Coahuila. Era 24 de abril del 2007. Pasaba de las 18:45 horas. Un tornado categoría F2, con vientos de entre 180 y 250 kilómetros por hora devastó Villa de Fuente, en Piedras Negras. Fueron 84 lesionados y tres fallecidos. Cientos de casas destrozadas y un templo católico destruido. rboles, autos y postes volaron por los aires cual pajillas.

Conacyt documenta que entre el ao 2000 y el 2012 registró 130 tornados en 29 estados de la república. Entre los más fuertes está uno en la Ciudad de México en el 2008, que dejó cuatro muertos. Los más recientes ocurrieron en Tangancícuaro, Michoacán; San Cristóbal de las Casas, Chiapas; ambos en 2014, y el de Acatlán, Hidalgo, en abril de este ao.

El país no ha conocido los de escala F4 que se clasifican como devastadores y los F5 como extremadamente destructivos. De estos suceden con más frecuencia en Estados Unidos. El más letal, uno que arrasó la ciudad de Oklahoma en mayo de 1999, era de categoría F5, giraba a 512 kilómetros por hora, mató a 44 personas y dejó millones en pérdidas materiales.

El que destrozó cuatro colonias de Acua fue producto del choque de dos masas de aire, una cálida y húmeda, y otra seca y fría. Según Conagua, se trató del sistema frontal 53 que provocó precipitaciones con tormentas eléctricas y granizo, que se encontró con dos canales de baja presión, uno desde el norte hasta el centro del país y otro en el sureste.

Es imposible saber si se pudo prevenir la tragedia. Lo que sí se conoce es que desde el 22 de mayo la Comisión Nacional del Agua, por conducto de Guadalupe Gallo, del Centro de Previsión Meteorológica, alertó sobre las posibilidades de tornado en Coahuila. La experta declara que le envió la información vía mail a los alcaldes de la frontera del Estado, y también a los titulares de Protección Civil.

Así que el verdugo llegó sin tocar puertas. Pateó con fuerza todo lo que pudo. Aplastando. Exprimiendo. Destrozando. Sumiéndolos en la oscuridad durante la noche. Y tiendo de luto y llanto a colonias de las más pobres de Acua.

Las hordas de voluntarios llegaron. Agua y comida no les faltó a los damnificados. Cobijas, ropa, despensas, paales, papel higiénico, algunos muebles, una mano cálida, el abrazo de ánimo. A unas horas del desastre, montones de escombro, muebles, aparatos y ropa estaban apilados sobre el asfalto. Soldados implementaban el Plan DNIII y autoridades ya preparaban la declaración de desastre para solicitar recursos del Fonden. La ayuda ya venía en camino. Cientos de centros de acopio en todo el estado se alistaban para ayudar.

Mientras, allá en la calle San José de Mayela, un hombre estaba sentado con la mirada en las montaitas de escombro y basura. Es José del Carmen Ayala, que a diferencia de Eduardo, no sólo vio el tornado, también lo sintió. Minutos antes de las 06:00 horas había caminado media cuadra para tomar el camión rumbo a la Planta Arneses. Ya no lo hizo. Su cuerpo experimentó un extrao escalofrío cuando el viento comenzó a rugir.

Apenas y pudo ver el enorme embudo deglutiendo todo a su paso. Dio media vuelta. Con el viento en sus espaldas corrió hasta desplomarse frente a su casa. Se aferró a la base de un poste rojo que había junto a su auto, un Spirit verde que no supo ni cuándo salió disparado por los aires, mientras su casa se desplomaba.

En el Google Earth todavía se puede apreciar la fachada color crema con acabados en guinda y el poste del que se sujetó José del Carmen, y del que sólo quedó la base. l era el último ocupante de esa casa, porque su familia tenía dos semanas que se había ido a vivir a otra parte. Estaban hartos de los robos y el miedo a los jóvenes que diario se drogaban en el arroyo.

Cuando se levantó, lo primero que hizo fue ver los pedazos de lo que era su casa, después oír el llanto de un bebé. Comenzó a excavar entre los escombros y encontró a la pequea Joselyn, de un ao siete meses, bajo el cuerpo sangrante de su padre, Horacio Torres, quien la protegió justo antes de que la pared del cuarto le cayera encima. Ambos fueron salvados por don José. Pero ninguna de las casas quedó en pie.

La esposa de Horacio ya iba en el camión de personal de la planta de elaboración de cupones. Vecinos le llamaron. “Ya no tienes casa, se le cayó encima a tu esposo”, le dijeron a Claudia Osorio. Alarmada bajó del trasporte y como pudo volvió a la colonia, chocando entre gente baada en sangre y polvo. Cuando llegó, a su marido se lo habían llevado a la clínica con varias fracturas. A su nia se la entregaron sana.

“No tenemos nada seor, ya no tenemos casa, ni comida, ni muebles, ni ropa”, decía Claudia mientras derramaba lágrimas al mostrarnos el lugar donde cayó herido su marido, y cuyas manchas de sangre aún estaban frescas.
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